La foto que acabó en la basura

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Portada del libro La foto que acabó en la basura
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Ya le hubiera gustado a más de un sabueso de primera línea haber siquiera olisqueado un caso parecido al que fue el número siete de mi entonces escuálido historial. Y, por supuesto, contarlo con pelos y señales como yo ahora me dispongo a hacer y casi de milagro, que a punto estuve de acabar incinerado, literalmente hablando.

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Ya le hubiera gustado a más de un sabueso de primera línea haber siquiera olisqueado un caso parecido al que fue el número siete de mi entonces escuálido historial. Y, por supuesto, contarlo con pelos y señales como yo ahora me dispongo a hacer y casi de milagro, que a punto estuve de acabar incinerado, literalmente hablando.

Lo recuerdo como en una película de Humphrey Bogart en el
papel de Marlowe, pero conmigo como protagonista. También en
color, que todo hay que decirlo. Aquel principio de noche, yo me encontraba exactamente aquí, donde y como estoy ahora: frente a un vaso de segoviano de ocho años, sin hielo, colocado con precisión en el centro de una negra servilleta de papel perfectamente doblada, y esta, a su vez, sobre la superficie siempre reluciente de la barra del bar del que compartiré beneficios a partes iguales (cuando los haya) con Paco, mi socio desde el colegio. En el caso del Bar-BlackJazz, que así se llama nuestro peculiar antro, él lo regenta y yo lo superviso casi siempre desde este lado de la deslumbrante barra. Lo cierto es que nunca nos hemos reprochado nada. A Paco le gusta estar ahí, organizando el avituallamiento y sirviendo copas. Y yo, aparte de ejercer de detective privado (ejem), me ocupo de buscar músicos de jazz que quieran lucirse de vez en cuando sin pedir nada a cambio y de mantener viva mi pasión tras los cristales de la vitrina que, llena de novelas negras de todos los tiempos, cubre la pared que tengo a mi espalda. Sí, fue sobre esta hora. Aproximadamente. Había quedado con un tal Borja Pimentel. Me dijo que llevaría traje gris y corbata a topos, y yo le especifiqué que estaría sentado en mi rincón de siempre. El caso es que no hubo pérdida. Había contactado conmigo a través de mi oficina, o sea, de mi página web: www.detectivencinas.es

Hasta la fecha no he encontrado un local para trabajar con el que me identifique. Además, ¿no es más moderno eso de estar solo en la red? La cuestión es que, como dije al principio, este era el caso número siete de mi carrera como detective privado y teniendo en cuenta que, entonces, llevaba apenas tres años en el mercado y solo se me encontraba en Google, no estaba nada mal. Pero lo que sí estaba mal es que, de entrada, se trataba de más de lo mismo: un asunto de cuernos. Yo creo que hay que vivir y dejar vivir, pero hay muchos que no; que dependen tanto de lo que hagan los demás que se olvidan de su propia existencia. De los seis casos anteriores, cinco habían sido sobre lo dicho. Con el sexto, sin embargo, tuve que demostrar que un tullido era de verdad tullido. Apasionante.

Pero volvamos a aquel día o, mejor dicho, insisto, principio de noche. El cuarentón llegó con cara de pocos amigos, me hizo un gesto con la cabeza levantando el mentón hacia mí, asentí y se sentó en el taburete que tenía a mi lado. Sonaba la melosa e insinuante voz de Gabriela Anders haciendo su versión de Satisfaction. La luz cenital de la lámpara que colgaba sobre la barra iluminando mi copa proyectaba la sombra de las cejas sobre los ojos de mi recién llegado acompañante. Sus pupilas brillaban sobre una mancha oscura…

Antonio Martínez Conesa

Autor: Antonio Martínez Conesa
Editorial: HG Editores
Edición: Noviembre 2017
EAN: 9788494690624
232 páginas
Tamaño: 14 x 21 cm.