Cuentos para contar en Navidad y otros relatos

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Portada del libro Cuentos para contar en Navidad
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Ya salen del bosque. Nunca se han arriesgado a abandonar el refugio que les ofrece la espesura de su habitat. La luz de la luna, fuerte y vibrante, hiere sus pupilas acostumbradas a las sombras. Pero siguen adelante. Allí están las casas, con espirales de humo flotando sobre los tejados y ese olor acre, característico de la leña quemada.

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EN EL BOSQUE OLVIDADO

El bosque es un lugar misterioso, siempre en claro oscuro, incluso cuando el sol resplandece en el cenit de su camino diario. Al llegar la primavera alberga una explosión de vida que no se ve pero se oye: trinos, murmullos, pasos suaves de criaturas que simplemente se intuyen, apenas una breve sombra, el imperceptible movimiento de una rama, el brillo de una gota que se desliza por un sonrosado pétalo, o el alegre colorido de un rodal de margaritas sobre el verde claro de la hierba recién nacida. En verano, el bosque es fresco, húmedo, perfumado. Las duras y dentadas hojas del acebo adornan su brillante superficie con un esbozo de rojas pinceladas, convertidas luego en encendidas bayas. El otoño cubre la tierra con un dorado manto de hojas secas que exhalan un delicado aroma de humus antiguo, centenario, mientras las castañas se hunden en la tierra empapada. Pero cuando llega el invierno, el bosque pierde sus vestiduras tornasoladas. Solo las ramas de las coníferas guardan sus púas de oscuro color, en las que mecen blandamente los cuerpecillos livianos de los copos de nieve. La tierra se cubre con un gélido manto blanco que adquiere tonos grises, azulados, rosados o plateados al hurtar al cielo sus matices lumínicos. Ya no hay perfumes, ni rumores, ni sombras fugaces. Todo es silencio. Pero allí, en el bosque olvidado, se esconden los trasgos, los duendes, las criaturas de la noche. El hombre las teme, como teme todo aquello que no conoce. El caminante procura no recorrer de noche los senderos, ni siquiera en verano y menos aún en invierno. Pero esas misteriosas criaturas son alegres y no albergan maldad alguna en sus corazones. En los troncos de los añejos castaños tienen sus hogares, cálidos y abiertos a todos aquellos que necesiten cobijo. Bajo las ramas inferiores de los abetos, amplias y acogedoras, se reúnen, bailan, cantan y se solazan esperando ser admitidas en el mundo de los humanos, tan cercano y alejado a la vez. Pero esta noche, noche especial entre todas, van a intentarlo de nuevo. Saldrán de su bosque olvidado, se acercarán a las casas, llamarán a las puertas llevando su mensaje de paz y amor. Esperan ser bien recibidas.

Abandonan sus refugios al caer la noche. Tienen que recorrer un largo camino bajo la enramada para llegar al valle donde titilan las luces de la aldea. Hay criaturas etéreas, arropadas en cendales de luna. Otras son mas consistentes, aunque de escasísima estatura, con mejillas rosadas bajo gorros cónicos. Otras hay translúcidas, de formas delicuescentes, que no caminan sino que flotan ingrávidas sobre el esponjoso manto de la nieve. Pero todas comparten la misma idea: llegar a la aldea y transmitir a todos sus mejores deseos de felicidad.

Ya salen del bosque. Nunca se han arriesgado a abandonar el refugio que les ofrece la espesura de su habitat. La luz de la luna, fuerte y vibrante, hiere sus pupilas acostumbradas a las sombras. Pero siguen adelante. Allí están las casas, con espirales de humo flotando sobre los tejados y ese olor acre, característico de la leña quemada. La primera está a un paso. Llaman a la puerta. Todos esperan jubilosos. Cuando aquella se abre, chirriando sobre sus húmedos goznes, una cabeza aparece asomándose al exterior y unos ojos, al principio asombrados, luego espantados, destellan en una cara pálida, mientras un grito penetrante recorre el silencio de la noche. Las ventanas de todas las moradas se iluminan. Muchas otras cabezas, muchos otros pares de ojos horrorizados, y muchos otros gritos se unen al primero. Puertas y ventanas se cierran con estrépito. Las luces se apagan. Hombres, mujeres y niños se esconden medrosos, ante el estupor de los habitantes del bosque. Incluso, desde la oscuridad, surge algún que otro proyectil, piedra, palo o similar, arrojado con rabia, fruto del temor, hacia la pradera por donde retroceden duendes y trasgos. Nuevamente sufren la incomprensión del hombre, debido no solo a su ignorancia, sino a ese estúpido miedo a lo desconocido, a aquello que su mente no puede racionalizar.

La vuelta hacia el bosque olvidado es triste. El mensaje de amor no ha sido aceptado; incluso ha sido rechazado con violencia. Al llegar al borde de la masa boscosa, donde los brillantes rayos de la luna apenas filtran hilillos de plata, se vuelven hacia la aldea. Por el camino, tras ellos, corretea un niñito moreno, con grandes ojos negros de mirada inocente. Esperan. Llega, sonríe:

– No os vayáis tristes. Yo si os quiero y vengo a jugar con vosotros. Llevadme a vuestra casa. Tened paciencia con los hombres. Cuando nací muchos tampoco me aceptaron. El temor a todo aquello que no se ajusta a sus pautas de conocimiento les llevó, incluso, años más tarde, a quitarme la vida. Pero siempre vuelvo por estas fechas. Haced vosotros lo mismo. Quizá algún día la Humanidad olvide su repugnancia por aquello que es diferente y abra su corazón a los otros, a los que no comprende, con los que no comparte costumbres o ideales, pero que, en definitiva, también forman parte del cosmos. La incapacidad para aceptar lo disímil genera miedo y el miedo, odio. Solo los limpios de corazón no temen a lo que desconocen.

En la espesura se van adentrando las criaturas etéreas, los cucuruchos rojos, los cuerpecillos translúcidos y entre todos ellos, un niño, moreno, de negros ojos, que irradia un resplandor sobrenatural.

Todos volverán el año que viene. Esperemos que algún día, en el futuro, no sean rechazados.

Mª Alicia Langa Laorga.

 

ISBN: 978-84-614-3256-1
Autor: Alicia Langa Laorga
Editorial: HG Editores
Edición: 1 de septiembre 2010
Edición a cargo de Mª Alicia Langa Laorga